La presencialidad también puede adaptarse a vos
El trabajo híbrido trajo algo más que flexibilidad, dejó en evidencia que no todas las personas se vinculan igual con la presencialidad.
Para algunos, volver al trabajo es algo natural, no mueve un pelo. Para otros, implica cortar una rutina cómoda, exponerse a lo social y salir de un esquema que ya funciona.
En muchos casos, la casa se vuelve un lugar donde todo está bajo control: los tiempos, el ritmo, incluso los silencios. Pasar de eso a un entorno compartido no siempre es inmediato ni fácil, y está bien que sea un proceso.
Y eso no necesariamente es una falta de adaptación, sino que tiene que ver con cómo está planteada la experiencia.
Por Camila González
De la obligación a la experiencia
Durante mucho tiempo —y todavía un poco hoy, no vamos a mentir— la oficina fue un espacio que asumía una única forma de habitarse: interacción constante, reuniones, intercambio espontáneo.
Pero en la práctica, se fue descubriendo que no todos disfrutan ni necesitan ese nivel de exposición para trabajar bien.
En ese contexto, la pregunta cambia. No es “cómo hacer para que las personas vuelvan”, sino qué tipo de experiencia presencial tiene sentido ofrecerles.
Cuando la presencialidad está bien pensada, deja de sentirse como una obligación.
Aparece como una instancia que suma para motivarse, conectar con otros equipos o simplemente cambiar de aire.
Tu ritmo, tu comunidad
En lugares como La Maquinita, este enfoque se traduce también en lo social. La propuesta no se limita a un solo formato, sino que busca acompañar distintos niveles de participación.
Hay actividades más tranquis y distendidas, espacios para conocerse de manera gradual si estás de humor para esa, dinámicas entre empresas con intereses en común y también instancias más sociales para quienes disfrutan de ese tipo de encuentros.
La idea no es que todos participen de todo, sino que cada persona encuentre su propia forma de integrarse, a su ritmo.
De mandato a opción valiosa
Hay quienes se acercan por lo social. Otros, por lo profesional. Y también quienes necesitan un punto intermedio donde participar sin sentir que hacen un gran esfuerzo.
Esa diversidad no es un problema a resolver, es parte del escenario actual del trabajo.
Diseñar experiencias presenciales más amplias, donde cada persona pueda encontrar su forma de participar, no solo mejora la asistencia.
Mejora algo más importante: la calidad del vínculo con el espacio de trabajo y con los demás.
Porque cuando la oficina deja de ser un mandato y pasa a ser una opción valiosa, incluso quienes dudaban en volver empiezan a encontrarle sentido.