No tenés que llegar a ningún lado.
Solemos creer que la felicidad está del otro lado de una meta: el ascenso, la venta, el viaje, la casa, el número, el reconocimiento. Pero cuando alcanzamos eso que tanto queríamos… esa felicidad dura un ratito.
En esta nota, te propongo que, si estás poniendo tu satisfacción en una línea de llegada, te des la chance de reenfocarla en el proceso cotidiano que transforma.
“Si odiás escalar, la vista desde la cima no te salvará”.
Steve Magness
Por Dani Dini
La ilusión de la meta.
Nos contamos historias todo el tiempo: sobre quiénes somos, de lo que somos capaces, de lo que podemos y no podemos lograr.
Incluso, de lo que nos animamos o no a soñar. Pero sobre todo, solemos imaginarnos historias sobre cómo nos sentiremos cuando alcancemos tal o cual meta. “Cuando me asciendan / alcance X número de seguidores / venda X cantidad / gane X cantidad de plata / viaje a X lado / tenga la casa, el auto… entonces ahí seré feliz”.
Hay una especie de ilusión en esa línea de llegada a lo que sea que nos cueste mucho alcanzar -material o no-, que tiene un nombre más técnico, y es la falacia de llegada, que, te adelanto, tiene más que ver con nuestra ansiedad que con nuestro sentido de realización.
El día después del éxito.
Pensá en todas las veces que alcanzaste un objetivo importante para vos. No importa de qué se haya tratado, recordá qué pasó después del momento épico y tan esperado.
Seguramente te hizo muy feliz, celebraste, te sentiste pleno/a y en el momento fue un pico de alegría total. Pero eso no se mantuvo eternamente, ¿o no?
De hecho, más tarde o más temprano, la euforia del momento triunfal se fue diluyendo y hasta quizá apareció la sensación de: “ok, lo alcancé, era esto… ¿y ahora qué?”.
La ilusión de la cima definitiva.
“Te levantaste al día siguiente y el mundo no había cambiado rotundamente: aún tenés que lidiar con el tráfico, los quehaceres domésticos, las cosas de siempre y vivir en tu propia cabeza”, dice el coach Steve Magness, especialista en deportistas de alto rendimiento.
Es que, en el momento en el que alcanzás esa cima ansiada, tu propia definición de cima se eleva un poco más. Nunca hay una llegada definitiva, porque el destino final se sigue moviendo.
Y esto no es inconformismo, sino parte de nuestra naturaleza humana.
Otra actitud que es parte de nuestra naturaleza, es que tendemos a sobreestimar lo bien que se va a sentir alcanzar ese logro tan esperado y cuánto va a durar esa sensación.
Y en el mientras tanto, a veces se nos escapa que el disfrute verdadero está en lo cotidiano, en cuánto saboreamos el camino hacia la meta, lo que vivimos día tras día, pero está ahí, sosteniéndonos en la rutina.
Mirar el camino, no la meta.
Magness dice que el antídoto no es dejar de tener metas -de hecho, las metas son vitales para darle dirección y estructura a nuestra energía-, sino que la clave está en redireccionar nuestra satisfacción del resultado al proceso.
Ya pasó la primera mitad del año y suele ser uno de esos momentos en los que miramos hacia atrás pensando en cuánto más podríamos haber hecho, o en las metas que todavía no alcanzamos.
Te invito a darte -darnos- una palmadita en la espalda y conectar con quién eras cuando empezó el 2026, y cómo te transformaste en todo este camino.
Qué trajo el dolor, los errores, los proyectos inconclusos, los “no”, lo difícil, lo que no salió como esperabas.
Te dejo algunas preguntas para este segundo tramo del año:
- ¿Qué meta estás usando como promesa de felicidad futura?
- ¿Qué parte del proceso estás viviendo en piloto automático?
- ¿Qué aprendizaje ya apareció, aunque el resultado todavía no haya llegado?
- ¿Qué hito cotidiano podrías empezar a registrar y celebrar?
- ¿Qué decisión diaria te acerca a la persona que querés ser?
El valor de lo cotidiano.
Concentrate en la sensación de validación interna, la que viene con la maestría de haber aprendido a superar una situación determinada y que se sostiene en el tiempo y se renueva.
Dejemos de esperar que algún hito futuro nos garantice la felicidad.
Es en darle valor a lo cotidiano, al paso a paso, a lo simple y lo pequeño, donde forjamos nuestra identidad y podemos acercarnos más a vivir a la altura de quienes verdaderamente somos.
Disfrutar el proceso.
Mi deseo para este segundo tramo es que nos encuentre con más paciencia que ansiedad, más atentos a los detalles, con una visión más amplia y menos pantallas, con conexiones verdaderas, con menos wifi y más modo analógico.
Te propongo elegir una meta que todavía tengas por delante y escribir no sólo qué querés lograr, sino qué parte del proceso querés aprender a registrar y a disfrutar.
Porque quizá ahí, en esa escalada imperfecta, esté pasando algo mucho más importante que la llegada en sí.