¿Por qué cuesta tanto defender el tiempo personal?
Ya sabemos cómo es el asunto: una reunión termina y empieza otra. Entran los mensajes mientras estamos resolviendo otra cosa.
El almuerzo queda para más tarde. Y ese “más tarde” termina siendo las cuatro de la tarde, o directamente nunca.
Pero no siempre pasa porque alguien lo exija de manera explícita. Muchas veces lo que sucede es que hay una responsabilidad real detrás del trabajo que hacemos.
Porque no queremos dejar a un cliente esperando, demorar al equipo o entregar algo a las apuradas.
Cuando el compromiso es alto, es común caer en la idea de que siempre hay algo más que conviene resolver antes de hacer una pausa.
El problema está en que rara vez esa lista se termina.
Por Camila González
Defender el tiempo propio.
Siempre aparece algún mail, un cambio o pedido de último momento, la famosa cosita que “lleva solo cinco minutos”.
Cuando ya forma parte de la rutina, el tiempo personal empieza a depender de los huecos en la agenda. Y sabemos que eso no termina bien.
Así se hace difícil defenderlo.
Ya sabemos que es importante almorzar tranqui, hacer actividad física o salir un rato a despejar la cabeza.
El asunto es que cuesta porque, en la práctica, esas actividades suelen competir con tareas que también son importantes.
Y cuando hay que elegir, muchas veces gana el trabajo.
No es raro escuchar historias de personas que pasan horas sin levantarse de la silla, que responden mensajes mientras están en la sala del cine esperando a que empiece la película (#HistoriaReal) o que terminan el día con la sensación agotadora de no haber tenido un solo minuto realmente propio.
Esperar a “tener tiempo”.
Una amiga decidió anotarse en natación y va casi todos los días al mediodía. No porque tenga menos trabajo que antes.
Al contrario. Entendió que esperar a “tener tiempo” no iba a pasar.
Lo sintió necesario a nivel físico y mental. La pileta pasó a ser una especie de templo, un lugar fijo en la agenda con la misma importancia que una tarea laboral.
No hace falta que sea natación. Para otra persona puede ser salir a caminar, almorzar lejos de la computadora o leer un rato. La actividad cambia.
Lo que no cambia es la decisión de darle a ese momento el mismo valor que le damos a cualquier otro compromiso.
El costo de vivir en urgencia.
Por supuesto que no siempre es posible. Hay profesiones, proyectos y etapas que demandan más tiempo y más disponibilidad.
Hay días en los que una urgencia existe de verdad y obliga a reorganizar todo. Pero vivir permanentemente en modo urgencia tiene un costo.
Y ese costo, muchas veces, se paga con el descanso, la alimentación, los vínculos o el tiempo propio.
Defender el tiempo personal no significa trabajar menos ni comprometerse menos.
Significa reconocer que, si ese espacio depende exclusivamente de que algún día sobren horas, probablemente quede en un eterno después.
Decisiones chiquitas, cambios sostenidos.
A veces no se trata de hacer cambios extremos. Alcanzan decisiones chiquitas, pero sostenidas: bloquear la hora del almuerzo, salir veinte minutos a caminar, evitar aceptar reuniones en determinados horarios o anotarse en una actividad que tenga un día y una hora definidos.
No porque sea fácil, sino porque, si ese tiempo no encuentra un lugar en el calendario, es muy probable que otra tarea lo ocupe.
El trabajo siempre va a traer nuevos desafíos.
La cuestión es cómo encontrar, incluso en medio de ellos, un lugar para las cosas que nos ayudan a transitarlos de una manera más saludable.